Una aparcacoches muere desnucada por otro indigente en una riña bajo un puente.
Este mismo mes tenía previsto irse a un piso de acogida. Pero unas disputas que arrastraba desde hacía tiempo con otro «gorrilla» han truncado no sólo su sueño, sino su vida. María Concepción A. C., española de 46 años, moría a manos, presuntamente, de Pablo B. C., de 48. Ambos, según fuentes policiales, tenían numerosos antecedentes por delincuencia común. El hombre fue detenido en el lugar de los hechos, bajo el Puente de Vallecas. Concretamente, a la altura de la calle del Convenio, donde ya se han producido otros crímenes.
Hacía meses, prácticamente desde que Concha, como se la conocía entre la colonia de veinte indigentes de la zona, llegó a la zona, venía teniendo problemas e, incluso, sufriendo amenazas por parte del detenido. «Pablo y ella se peleaban por las plazas que hay aquí para aparcar —explicó Manuel, otro indigente del Puente—, porque los dos eran “gorrillas”. Ella empezaba a trabajar por la mañana y él se turnaba a partir de las tres de la tarde».
Las rencillas venían de lejos. Ella se quejaba constantemente de que Pablo le robaba el dinero que ganaba de aparcacoches.
Pero ayer el pique cobró tintes dramáticos. «Esta mañana [por ayer], Pablo llegó con una navaja multiusos, de esas que tienen cuchilla, y cosas parecidas a destornilladores y alicates —relató el «sin techo»—, y me dijo: “Manolo, se la tengo que clavar a alguien”. Le dije que se dejara de tonterías». Pero no le hizo caso. A eso de la una de la tarde, Pablo se enzarzó en una discusión con Concha.
Recibió golpes en la cabeza y puede ser que incluso llegara a intentar estrangularla. Un hombre presenció la pelea y avisó a un coche patrulla de la Policía Nacional que circulaba por allí. Los agentes detuvieron a Pablo «in situ». Los sanitarios del Samur-Protección Civil hallaron en parada cardiorrespiratoria a Concha. Intentaron por espacio de media hora reanimarla, pero todos los esfuerzos fueron en vano.
La agarró por el cuello
Su cuerpo, ya inerte, tirado entre dos coches y boca arriba, sufría un traumatismo craneoencefálico, con fractura en la base del cráneo, indicaron en Emergencias Madrid. Presentaba, además, indicios de haber sido estrangulada, precisaron fuentes policiales. A falta de que hoy se le realice la autopsia al cadáver, parece ser que, en el transcurso de la bronca, Pablo agarró por el cuello a la mujer y la golpeó contra el suelo.
Así acababa la triste historia de esta madrileña a la que su dependencia a las drogas había arrojado a las calles hacía tres años. Decía que ya estaba rehabilitada y que era socióloga. Pero había caído en una ruina de la que le costaba salir. Pablo, que fue llevado a declarar ante el Grupo X de Homicidios, había trabajado de vigilante de seguridad en el aeropuerto de Barajas. Los primeros indicios apuntan a que la discusión se desencadenó por un asunto relacionado con la manera que tenían ambos de ganarse la vida.
Él fue vigilante en Barajas
llegó la cocaína. Y, ahora, con sus manos manchadas de sangre, espera su sentencia en la frialdad del calabozo.
FUENTE: WWW.ABC.es
Un batallón de aficionados explota frente al campo del Madrid con la victoria de la selección española
John Park, empresario de la compañía de coches coreana que organiza el santuario de la afición española frente al Santiago Bernabéu, considera que todo este tenderete es “una buena inversión”. Su definición de lo que ocurrió ayer delante del estadio estaba hecha con el cerebro de un comerciante satisfecho con la publicidad. Park es coreano, su corazón estaba tranquilo, sin la pasión ciega que ardía en las cabezas y los cuerpos de los cerca de 50.000 aficionados de La Roja que gritaron con el alma el gol de un barcelonista, Carles Puyol, frente al símbolo máximo del madridismo.
Puede que dentro del campo del Real Madrid se hayan vivido estallidos de alegría similares al de ayer, pero de lo que no cabe duda es que nunca el asfalto que rodea al estadio, en el paseo de la Castellana y en la calle de Concha Espina, en los que la gente formó una ele comprimida y gozosa, bulló a tal temperatura la carne humana. Era julio. Hacía calor. España había pasado a la final de la Copa del Mundo.
Las dos horas largas que duró la espera, el nudo y el desenlace del partido fueron una combinación de furia española y de miedo, cada una distribuida en momentos distintos. Antes de empezar ya estaba todo el mundo delante de las pantallas, con una banda que responde al nombre de Capitán Canalla jaleando al público con odas musicales a la cerveza y tonadas clásicas como Y viva España de Manolo Escobar.
Ahí estuvo el primer momento de furia: la música bruta, los primeros síntomas del alcohol y, por encima de todo, la emoción de que podía suceder algo capital. Pero ese instante de euforia bajó en cuanto la pelota rodó por el césped en Sudáfrica. Entonces se oía la voz de los comentaristas de la televisión reverberando, con la potencia de un sinfín de altavoces, por encima de las atribuladas cabezas de los hinchas, ahora un poco muditos, unos rezando, otros congelados en una calma tensa.
El partido caminaba minutos y desgastaba aficionados, la mayoría jóvenes, aunque también adultos. David Díaz, un hombre de Getafe de 45 años, veía el partido con su niño, Miguel, al que arropaba con la bandera de España (con su escudo del plus ultra -más allá, en latín-), cuidándolo de las arremetidas de los teutones en la pantalla, dándole esa confianza que le faltó a él y a muchos otros de su generación en tantos campeonatos pasados.
“Si perdemos, me deprimo. Pero mazo”. Rubén Sanz, un joven madrileño, soltó esta frase negra antes de que la calle se iluminase, sobre las diez de la noche, con el estallido del “gooool” en las gargantas de la hinchada y de las bengalas rojas que se prendieron entre la muchedumbre. Daba un poco de miedo esa luz siniestra entre la gente, el sonido de los petardos que explotaban por algún lado. Los servicios de emergencia y la policía levantaron las orejas, atentos, y todo salió bien.
Los minutos fueron menos agónicos de lo que supone un país catastrofista en lo futbolístico al borde del éxito total. Las neuronas de los aficionados de La Roja ya no conjugan el pretérito imperfecto, solo el futuro perfecto. “Está hecho”. “Vamos a ganar”. “Con un canutito calmo los nervios y en un momento ya estamos listos”. Lo decía la gente y así pasó. Alemania y rugió la marabunta, desperdigándose ………